¡Feliz Navidad!

En estas fechas tan señaladas tenemos mucho que celebrar, y quería desearos a todos felices fiestas.

Tranquilos. No me he vuelto loca, no. A nadie le cabe hoy la duda de que la Navidad es algo de lo que no nos podemos escapar, por mucho que lo deseemos. Hablo de esa Navidad de villancicos chillones, luces estridentes, papanoeles de trapo en los balcones, bombardeo incesante de anuncios de perfumes y juguetes, copiosas e insanas comilonas, hipócritas llamamientos a la paz y la solidaridad momentáneas, incómodas reuniones familiares… Esa Navidad comercial e hiperedulcorada que nos acosa cada año, y de la que bien me gustaría poder huir, y que celebramos actualmente en los países occidentales.

¿Pero qué celebramos en Navidad? En el cole a mí me decían que celebrábamos el cumpleaños del niño Jesús que vino a salvarnos a todos (nunca entendí de qué), y que por eso se daban regalos y los árboles se llenabas de adornos, flores y frutas, ya que la Naturaleza también celebraba la llegada de Cristo volviendo el frío invierno de Belén en momentánea primavera. Pues bien. Nada más lejos de la realidad. Ni ese personaje bíblico (de existencia más que dudosa) Jesús, nació en invierno, ni los regalos tienen nada que ver con ningún cumpleaños, ni el dichoso árbol de Navidad tiene origen cristiano alguno, ni de nada tiene que salvarnos nadie. Pero vayamos por partes.

Lo que realmente estamos todos celebrando es la festividad pagana de Saturnalia. Los romanos, como muchas otras culturas antiguas, tenían sus principales fiestas y rituales centrados en los astros y las cosechas, principalmente en el Sol. Las Saturnales, que los romanos venían celebrando como tal desde el año 200 a.c. más o menos, no eran más que eso: la celebración del nacimiento del nuevo Sol en el año, es decir, el solsticio de invierno. Y eran con diferencia las fiestas más sonadas y multitudinarias de todas. ¿Adivináis cómo se celebraban? Comiendo, bebiendo, danzando, adornando las casas con plantas y velas, no trabajando (hasta se le daba el día libre a los esclavos) y haciendo regalos a los niños. ¿Os suena de algo? Se celebraban en honor a Saturno, Dios de la agricultura, para festejar el fin del período más oscuro del año y el nacimiento del nuevo período de luz, o nacimiento del Sol (Natalis Solis Invictis, nacimiento del sol invencible, personificado en el dios Mitra), el solsticio de invierno, 25 de diciembre, y la próxima llegada de la siguiente cosecha.

saturnalia

¿Y cómo demonios acabó el Jesús de los cristianos mezclado en todo esto hasta el punto de que todo el mundo cree que todo esto lo hacemos por él, os preguntaréis? Pues seguramente lo habréis adivinado: la Iglesia manipuló una vez más aquí y allá introduciendo cambios que le convenían en la “historia sagrada”. Aunque el culto a Mitra tenía orígenes persas, se convirtió en la religión dominante en Roma, especialmente entre los soldados. Hasta finales del Siglo III Roma era predominantemente pagana. El mitraísmo era la religión dominante y el cristianismo era ilegal. Pero el cristianismo comenzó a avanzar socialmente provocando cada vez más a menudo revueltas y problemas políticos. Constantino I, quien se convirtió en el primer dirigente legal de la Iglesia cristiana al legalizar el cristianismo por primera vez, comenzó a favorecer el culto a Cristo, después de tener una visión según él, trasladando la fecha del supuesto nacimiento de Jesús al 25 de diciembre, para que coincidiera así con las festividades paganas, con la intención de evitar la rivalidad entre cultos, y que las fiestas de Saturnalia, más populares, no empañaran las cristianas. De modo que el nacimiento de Jesús no se celebró hasta el Siglo IV.

De hecho Jesús tampoco nació en el año cero. De la fecha exacta sencillamente no tenemos ni idea. Según los evangelios, únicos documentos donde se narra la historia de este personaje, Jesús nació durante el mandato de Herodes el Grande, que murió en el año 4 a.c. De modo que Cristo nació con toda seguridad antes de Cristo. Fue el monje astrónomo Dionisio el Exiguo el que propuso al Obispo Petronio en el año 531 la idea de modificar el calendario vigente a uno que se adaptara mejor a la nueva tendencia religiosa. Se puso a echar cuentas hacia atrás y colocó erróneamente el año cero, ya que cometió varios errores de cálculo al contar las dinastías de los emperadores. Se equivocó en unos 4 a 7 años. Y respecto a la fecha tampoco tenemos nada concreto. Pero recurriendo a los evangelios parece claro que no fue en invierno. Teniendo en cuenta lo que en ellos se relata respecto a los pastores y los censos romanos, resulta evidente que aquello debió ser por primavera o verano.

Y ya que estamos, y por mucho que esto pique a los cristianos, Jesús y su historia no son originales prácticamente en nada. Docenas de divinidades y mitos anteriores y posteriores a Jesús comparten gran cantidad de detalles. Entre otros motivos porque los humanos de aquellas épocas antiguas celebraban más o menos las mismas cosas (el Sol, las cosechas…) y les preocupaban más o menos los mismos problemas (gobernantes opresores, falta de tierras, una vida mejor después de la muerte…). Attis, Osiris, Mitra, Huitzilopochtli, Krishna, Inti, Dionisio, Zoroastro, entre muchos otros, nacieron el 25 de diciembre. La mayoría de ellos, incluido el mismísimo Buda, nacieron de madres vírgenes, o fecundadas por métodos mágicos, lo que garantizaba su procedencia divina. Casi todos hicieron milagros, vinieron a la tierra para salvar a los hombres de sus problemas, resucitaron después de morir y prometían tierras propias y vida eterna a sus seguidores que les recordaban con banquetes sacramentales. Sus nacimientos fueron anunciados mediante estrellas (cómo se anunciaban las cosas importantes entonces) o fueron bautizados en ríos (un típico ritual de iniciación en la antigüedad). ¡Vaya, que más que nunca, nada nuevo bajo el sol! La historia de la vida de Jesucristo no es más que un refrito de tradiciones y leyendas anteriores o coetáneas, mil veces modificado con el paso de los siglos a capricho de la autoridad religiosa de turno. Como lo son las vidas y milagros de la mayoría de las deidades mitológicas en las que han creído (y creen) los humanos.

Pero eso no quiere decir que no tengamos nada que celebrar en estas tan señaladas fechas. Con lo poco que me gusta a mí el invierno, yo estoy encantada de celebrar (como hacen los cristianos, aunque ellos no lo sepan) la llegada del solsticio de invierno, que nos garantiza que los días comienzan a hacerse más largos y que la primavera está cerca, comiendo, bebiendo, danzando y no trabajando al más puro estilo romano. No en vano Navidad es nacimiento. ¿No? ¿Pues quién merece más celebración de su “nacimiento” anual o cumpleaños que nuestro padre Sol? Y no solo eso. Si además de pagano escéptico eres un frikazo amante de la ciencia como yo, resulta que tenemos otro nacimiento que celebrar. Dulces casualidades del calendario, el más grande científico que jamás ha pisado el planeta también nació un 25 de diciembre: Isaac Newton.

De modo que, queridos amigos: ¡Feliz Solsticio de Invierno! ¡Feliz Saturnalia! ¡Feliz Newtondad! ¡¡Feliz Navidad!!

Y por favor, que la solidaridad, la ilusión por la paz y el amor al prójimo nos duren todo el año.

Más información, fuentes y referencias:
Navidad y Saturnalia en Kindsein
¿Cuándo nació Jesús? en Tecnología Obsoleta
Jesús y los mitos solares en Taringa
La verdadera historia de la Navidad

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Artículo originalmente publicado en Esceptica.org
Visita Esceptica.org para leer más artículos interesantes.

Un comentario el “¡Feliz Navidad!

  1. ES bueno de vez en cuando recordar por qué hacemos lo que hacemos.
    En los altorelieves de los templos egipcios están narradas multitud de historias, entre las que se encuentran (desde muchos siglos B.C.) los mismos cuentos que ahora nos cuentan, con otros personajes.

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